Yenny Alexandra Chaverra Gallego

  • Cineclubes. Articuladores de culturas, derechos y públicos.

    Un cineclub es mucho más que un intermediario, es una organización de apasionados por el cine que articula obras cinematográficas, espectadores y diversas estrategias de apropiación de las obras audiovisuales que van desde el disfrute hasta su reflexión crítica. No es un mero intermediario porque participa y se involucra activa, solidaria y cooperativamente en el ejercicio efectivo de hacer realidad los derechos que como público tenemos todos. Es más, trae a la conciencia de muchos, que no lo han advertido de plano, que acceder a la cultura y al cine son derechos fundamentales, por ser los seres humanos animales culturales.

    Dado que su lógica no es la negociación comercial de obras, sino la recreación colectiva de sentidos de lo que vemos en pantalla, sus transacciones no deben juzgarse por el papel moneda, ni sus acciones enmarcarse en legislaciones que solo benefician una lógica del mercado en la que el cine solo es visto y reducido a mercancía entre mercancías. No disentimos de la posibilidad de que las obras se financien y de que podamos generar una industria cultural justa, en la que se fomente y respete tanto la producción de obras como su circulación. Pero lo que no compartimos, es la tendencia mercantilista que vacía el cine de sus contenidos simbólicos, culturales y sociales, con el fin de pauperizarlo o contabilizar su valor de cambio, sin tomar en consideración su valor de uso como bien cultural y el amplio espectro que esto comprende. Así la cosas, nos oponemos a una retahíla y retórica de deberes para con el mercado de las obras cinematográficas, y reclamamos nuestros derechos fundamentales como público.

    Cuando se reclama un derecho, y no hay nadie que responda, estamos obligados a procurarnos por nuestra cuenta aquello que no se nos brinda. Si las vías de la legalidad son estrechas, obsoletas y a la vez tan tendenciosas en su normatividad para generar lógicas de prohibición y exclusión social, y si su enfoque diferencial solo favorece y reglamenta el incremento de ganancias para unos cuantos, los que quedamos por fuera debemos buscar formas alternativas para subsanar nuestras pérdidas. Estas formas de auto inclusión presuponen una necesidad de compartir con los otros, de conocer a los otros y de reconocer que hay otros. Y ciertas formas de compartir contenidos, llamadas “piratería” han sido fundamentales para este propósito.

    Es bien sabido que desde que fue posible la reproductibilidad técnica, y con ello la difusión masiva de contenidos culturales se han dado luchas por el monopolio y la hegemonía, no solo económica, sino también cultural. Por ello incluso desde la imprenta, hubo la necesidad de trazar rutas alternativas a las legales, para hacer efectiva la difusión masiva, y no la manipulación del sentido y la cultura por unos pocos. Sin negar los propósitos comerciales que ello tuvo en principio, no cabe duda de que la descentralización de las vías de circulación y  difusión de contenidos culturales propició un mayor acceso a la cultura y al conocimiento que no hubiese sido posible si todo hubiese quedado concentrado en aquellos pocos que ostentaban el poder.

    Compartimos los efectos culturales de esa  primera iniciativa, y nos quedamos con aquello de la piratería como un canal que ha permitido trazar una cartografía alternativa, rutas de navegación, redes, nodos desde los cuales ha sido posible el encuentro de obras, públicos, intereses, por fuera de la verticalidad y desde la horizontalidad que entraña el deseo de compartir en lugar de competir. De modo que no favorecemos a la piratería como un para-mercado cuyo interés sería únicamente obtener réditos y robustecer las vías de enriquecimiento ilícito de ciertas mafias. Nuestra piratería no es equivalente a una estrategia de mercado que para degradar las condiciones humanas y evadir impuestos se va a aguas internacionales. No nos interesa la lógica multinacional de los emporios económicos que se lucran como mediadores de la creatividad ajena, nos interesa la lógica de la cooperación y el diálogo cultural transnacional. Creemos que compartiendo experiencias comunes y aprendiendo de las iniciativas y logros de otros países podemos además romper los lugares comunes de marginalización. Nuestra discusión es desde la cultura y la educación. Desde el derecho que tenemos todos a gozar y a apropiar críticamente contenidos culturales diversos con el fin de expandir nuestra visión de mundo.

    Consideramos que en este proyecto por lograr un acceso más amplio, justo y equitativo a las obras cinematográficas, la piratería no agota la discusión, ni es una única solución, pues aunque ha puesto en evidencia la urgente necesidad de girar el modo de preguntar o hablar de derechos desde el mercado hacia el público, llama precisamente por ello a formas de organización y estrategias tanto desde el estado como desde la sociedad civil. Pensar en que el acceso a la cultura sea efectivo como derecho, presupone el diseño de políticas públicas y la estructuración de la sociedad en organizaciones civiles que articuladas dialoguen y exijan su participación en dicha construcción. Es preciso además que se delimite claramente el terreno entre fines comerciales y fines no lucrativos (culturales y/o educativos) para no permitir simplemente una economización de la cultura que pretende regular en igualdad de condiciones organizaciones y ámbitos que por sus fines y modos de operar son distintos.

    Es claro además que la defensa de los derechos del público, y las diversas tácticas desarrolladas para ello en nuestro caso en particular, debe ponerse en el contexto radical de los países de América Latina, donde la distribución de obras audiovisuales y las lógicas de acceso a las mismas es deficiente y compleja si tomamos en cuenta no solo la poca oferta y su concentración en pocos lugares, sino además las dificultades en el poder adquisitivo para acceder a la cultura en circuitos tradicionales y estrictamente comerciales.  Ya que nosotros somos el público, debemos defender nuestros derechos y crear de manera solidaria y cooperativa nuevos caminos para pensar las distintas formas de lograr que los derechos del público no sean letra muerta ni se hundan en una retórica mercantilista.

    YENNY CHAVERRA

    Colombia

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